La definición básica es que el agua potable es aquella que es apta para el consumo humano, sin que ello represente peligro para la salud. Pero para llegar a este punto es necesario un proceso de potabilización, en el que se limpia el agua de compuestos químicos dañinos.

El proceso de potabilización se realiza principalmente en aguas extraídas de manantiales y del subterráneo, y las impurezas que se retiran son sólidos suspendidos, coloides, organismos patógenos, la sedimentación y la corrosión, asimismo de hierro y manganeso. Además, también se “normaliza” el PH del agua para que pueda ser consumida, el cual debe ser de 6.5 y 8.5.

El proceso de potabilización no es siempre la misma, y no siempre retira las mismas impurezas en el agua. En ocasiones solo es necesaria una desinfección para evitar consumir bacterias, en otras en que se necesita un trabajo mayor para la purificación, se realizan destilaciones o filtraciones con ozono.

No obstante, una forma fácil de determinar si el agua que tenemos es apta para su consumo, es a través de verificar que sea inodora o sin olor, incolora o sin color e insípida o sin sabor, si tiene estas características, significa que no hay peligro en consumirla.